jueves, 15 de junio de 2017
Cómo el Viejo Acebo Vino a Mí
martes, 6 de enero de 2009
Ballard y la ciencia ficción
El matrimonio de la razón y la pesadilla que dominó el siglo XX ha engendrado un mundo cada vez más ambiguo. Los espectros de siniestras tecnologías y los sueños que el dinero puede comprar se mueven en un paisaje de comunicaciones. El armamento tecnológico y los anuncios de bebidas gaseosas coexisten en un dominio de luces enceguecedoras gobernado por la publicidad y los seudo acontecimientos, la ciencia y la pornografía. Los leitmotive gemelos de este siglo, el sexo y la paranoia, presiden nuestras existencias. El júbilo de McLuhan frente a los mosaicos de información ultrarrápida no basta para que olvidemos el profundo pesimismo de Freud en El malestar en la cultura. El voyeurismo, la insatisfacción, la puerilidad de nuestros sueños y aspiraciones, todas estas enfermedades de la psique han culminado hasta ahora en la víctima más aterradora de nuestra época: la muerte del afecto.Este abandono del sentimiento y la emoción ha preparado el camino a nuestros placeres más tiernos y reales: en las excitaciones provocadas por el sufrimiento y la mutilación; en el sexo como una arena ideal –semejante a un cultivo de pus estéril- para todas las verónicas de nuestras perversiones; en la prosecución de un juego que no nos compromete moralmente: nuestra propia psicopatología; en nuestro poder de conceptualización, en apariencia ilimitado. Nuestros hijos tienen menos que temer de los coches en las autopistas del mañana que del placer con que calculamos sus muertes futuras de acuerdo con los parámetros más elegantes.
Mostrar los dudosos encantos de la existencia en este glauco paraíso se ha convertido cada vez más en una función propia de la ciencia ficción. Creo con firmeza que la CF, considerada a menudo un mero retoño, es al contrario la principal tradición de una respuesta de la imaginación frente a la ciencia y la tecnología y que corre en una línea ininterrumpida de H. G. Wells, Aldous Huxley, y los autores norteamericanos modernos de ciencia ficción, hasta los innovadores de hoy, como William Burroughs.
El “hecho” capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado –el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto- y las ilimitadas alternativas accesibles en el presente. La filosofía social y sexual del asiento eyectable une el primer vuelo de los hermanos Wright con la invención de la píldora.
No parece haber género mejor equipado que la ciencia ficción para explorar este inmenso continente de lo posible. Ninguna otra forma narrativa dispone de un repertorio de imágenes e ideas adecuadas para tratar el presente, y mucho menos el porvenir. La característica dominante de la novela moderna es su preocupación por el aislamiento del individuo, la atmósfera de introspección y alineación, un estado mental que se presenta siempre como si fuera la marca distintiva de la conciencia del siglo XX.
Nada menos cierto. Al contrario, a mi juicio esta psicología procede totalmente del siglo pasado, e ilustra la reacción contra las presiones de la sociedad burguesa, el carácter monolítico de la era victoriana y la figura tiránica del pater familias parapetado en su autoridad sexual y económica. Se trata de una óptica resueltamente retrospectiva, obsesionada por la naturaleza subjetiva de la experiencia, y que además tiene como tema la racionalización de la culpa y el enajenamiento. Los elementos de esta literatura son la introspección, el pesimismo y la sofisticación. No obstante, si algo distingue al siglo XX es por cierto el optimismo, la iconografía del producto de masas, la ingenuidad, el gozo libre de culpa de todas las posibilidades de la mente.
La modalidad imaginativa que se manifiesta hoy en la ciencia ficción no es nueva. Homero, Shakespeare y Milton inventaron otros mundos para hablar del nuestro. La acción de la ciencia ficción como un género separado, de reputación algo dudosa, es un fenómeno reciente y que está unido a la casi desaparición de la poesía dramática y filosófica y al lento deterioro de la novela tradicional, cada vez más dedicada a describir exclusivamente distintos matices de las relaciones humanas. Entre los temas que la novela tradicional ha descuidado, los más importantes son sin duda la dinámica de las sociedades humanas (la novela tradicional tiende a presentarlas como estáticas) y el puesto del hombre en el universo. Aún ingenua o crudamente, la ciencia ficción intenta al menos poner un marco filosófico o metafísico a los acontecimientos más importantes de nuestras vidas y nuestras conciencias.
Esta defensa general de la ciencia ficción se debe obviamente a que mi propia carrera de escritor ha estado unido a ella durante unos veinte años. Desde un principio, cuando me volví por vez primera hacia el género, tuve la convicción de que la clave del presente está en el futuro, más que en el pasado. En esa época, sin embargo, no me satisfacía el apego convulsivo de la CF por dos temas principales: el espacio exterior y el futuro remoto. Tanto con propósitos emblemáticos como teóricos y de programa, di el nombre de “espacio interior” al nuevo territorio que yo deseaba explorar: ese dominio psicológico (y que aparece, por ejemplo, en los cuadros surrealistas) donde el mundo exterior de la realidad y el mundo interior de la mente se encuentran y se funden.
Mi intención primera era escribir una obra de ficción sobre el mundo actual. En el contexto de la década del 50, cuando uno podía oír en la radio los primeros mensajes del Sputnik I, como la señal avanzada de un nuevo universo, este propósito requería unas técnicas completamente distintas de las utilizadas por el novelista del siglo XIX. Yo creía en verdad que si fuera posible borrar del todo la literatura existente, estando obligados a comenzar de nuevo sin ningún conocimiento del pasado, todos los escritores empezarían a producir inevitablemente algo muy semejante a la ciencia ficción.
La ciencia y la tecnología se multiplican a nuestro alrededor. Cada vez más son ellas las que nos dictan el lenguaje en que pensamos y hablamos. Utilizamos ese lenguaje, o enmudecemos.
No obstante, por una paradoja irónica, la ciencia ficción se convirtió en la primera víctima de este mundo cambiante que anticipó y ayudó a crear. El porvenir entrevisto por los autores de las décadas del 40 y el 50 es ya nuestro pasado. Las imágenes entonces predominantes, no sólo los primeros vuelos a la luna y los viajes interplanetarios sino también nuestras cambiantes relaciones sociales y políticas en un mundo gobernado por la tecnología, hoy parecen los enormes fragmentos de un decorado teatral desechado. 2001: Odisea del espacio comunicaba esta impresión de un modo particularmente conmovedor. Este film anuncia a mi juicio el fin de la época heroica de la ciencia ficción moderna. Los paisajes y el vestuario cuidadosamente concebidos, las maquetas espectaculares, me hicieron pensar en Lo que el viento se llevó; la epopeya tecnológica se transformaba en una especie de novela histórica al revés, un mundo cerrado donde nunca se permitía que entrase la luz cruda de la realidad contemporánea.
Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo –en un plano social y psicológico- fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida.
Añadiré que a mi criterio el equilibrio entre realidad y ficción cambió radicalmente en la década del sesenta, y los papeles se están invirtiendo. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de TV, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.
En el pasado, dábamos siempre por supuesto que el mundo exterior era la realidad, aunque confusa e incierta, y que el mundo interior de la mente, con sus sueños, esperanzas, ambiciones, constituía el dominio de la fantasía y la imaginación. Al parecer esos roles se han invertido. El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio… y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas. La distinción clásica de Freud entre el contenido latente y el contenido manifiesto de los sueños, entre lo aparente y lo real, hay que aplicarla hoy al mundo externo de la llamada realidad.
Frente a estas transformaciones, ¿cuál es la tarea del escritor? ¿Puede seguir utilizando las técnicas y perspectivas de la novela del siglo XIX, la narrativa lineal, la mesurada cronología, los personajes representativos fastuosamente instalados en un tiempo y un espacio amplios? ¿El tema principal puede seguir siendo las fuentes pretéritas de un carácter o una personalidad, la lenta inspección de las raíces, el examen de los matices más sutiles puedan encontrarse en el mundo del comportamiento social y las relaciones humanas? ¿Posee aún el escritor autoridad moral suficiente para inventar un universo autónomo y cerrado en sí mismo, manejando a sus personajes como un inquisidor que conoce de antemano todas las preguntas? ¿Tiene derecho a dejar de lado lo que prefiere no entender, incluyendo sus motivos y prejuicios, y su propia psicopatología?
Entiendo que el papel, la autoridad y la libertad misma del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en el laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocidos. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.[…]
viernes, 28 de diciembre de 2007
Reinventarse
Hace poco escuché a una amiga que estaba en una actitud de reinventarse. Después de poco andar sus cambios han sido notorios en relación a la persona que un tiempo conocí a la que estoy conociendo ahora. No me toca juzgar si estos cambios son para bien o para mal ya que hace tiempo que aprendí a no tener expectativas sobre las personas y prefiero aceptar a mis amigos incondicionalmente sabiendo que los sucesos caen por su propio peso. Además, como se acerca el fin de año y, a pesar de que es una fecha como cualquier otra y el tiempo no se detendrá a esperarnos, es imposible no hacerse una instrospección de lo realizado en el presente año y proyectarse a lo que uno quiere hacer en el nuevo periodo que se avecina. Y me llama la atención este concepto: reinventarse.Entonces, con mi poco conocimiento de psicología pero con alma de filósofo, empiezo a pensar en lo que esto significa para una persona. ¿Porqué querría reinventarme? Será porque me he dado cuenta de que soy responsable de mi propia vida y que debido a decisiones equivocadas no he tenido los resultados que quisiera tener, por lo tanto quisiera reformular algunas actitudes y maneras de enfrentar la vida para enderezar el camino forjado. Tal vez me he conocido y no me gusta como me he visto por lo que espero cambiar mi perfil por uno que si me deje conforme o me ayude a vivir mejor. O quizás me va bien con las experiencias y resultados que me han tocado vivir y quiero ser más ambicioso en exprimir el delicioso jugo de la vida. Cualquiera sea el caso, es un cambio brusco y quien ha decidido hacerlo es una persona valiente que está enfrentando la vida como mejor le parece. Dicen que este mundo no es para conformistas. Lo decía el profesor John Keating en la "Sociedad de los Poetas Muertos": "¡Haced que vuestras vidas sean extraordinarias!", mientras hacía alusión a "buscar la médula de la vida".
Ahora, ¿cómo puedo reinventarme? Esto si que es complicado. Pienso que nuestra escencia, nuestra personalidad, nuestra visión sobre el amor, la amistad y la vida, nuestro "todo" es como una gran estructura que hemos construido en base a nuestras experiencias y que está siempre inconclusa, por supuesto. Para reinventarnos tenemos que deconstruir esta estructura para volver a construir una nueva. Esto es necesario porque sino el concepto de re-inventarse no aplica. Poco obtendríamos utilizando la bola de demolición para destruir esta estructura y tratar de construir sobre nuestras ruinas, porque en el plano de las vivencias (proceso de madurar) no podemos eliminar tan facilmente los escombros ni tampoco podemos engañarnos metiéndolos debajo de la alfombra. El propio Keating mencionaba que en nuestro afán de buscar la médula de la vida no hay que romper el hueso, algo que normalmente se olvida. Lo más probable que después de la devastación ya no sepamos porqué la provocamos y más de alguien puede quedar herido bajo los muros. Uno es como es, independiente de las actitudes con las cuales enfrenta la vida. Es como el nuevo DT de un equipo de fútbol que puede elegir su equipo y por supuesto que quiere a Ronaldinho, Kaká y todas esas estrellas mundiales, pero no puede porque tiene que atenerse a las posibilidades del club que lo contrató. Hay que tratar de hacer lo mejor con lo que se tiene. Entonces, el trabajo de deconstrucción (si, todo cambio requiere trabajo; W) comienza por conocerse a si mismo y darse cuenta de cuáles son las características que deseo mantener, cuáles no y con cuáles definitivamente debo aprender a vivir (características = virtudes y/o defectos).
Tal vez yo podría estar toda mi vida tratando de conocerme sin darme cuenta que permanentemente estoy updateando los datos según los cambios y que al fin no lograré nunca dar con mi propia escencia hasta que mi propio nivel de autoconocimiento me diga "basta, hasta aquí no más llegamos, esto es todo lo que podemos hacer por nosotros, eduquemos a nuestros jóvenes y dejemos algo en esta tierra". Luego, en el caso ideal, serán los jóvenes los que deberán seguir mejorando.
Al final, ¿necesito reinventarme?. Según mi juicio y muy en lo personal, lo que realmente me llama la atención es la deconstrucción, es decir, el autoconocimiento. Me imagino al relojero desarmando el mecanismo de un reloj mecánico y ordenando todas aquellas piececillas con delicadeza. Conociendo todos los engranajes, palancas, resortes, tornillos micrométricos y su función dentro del tren de fuerzas y vectores que trabajan para lograr una correcta medición del tiempo. Una vez conocidas todas estas piezas, una vez seamos expertos, entonces armar, desarmar, corregir o reparar, puede ser mucho más fácil, ¿no crees?
jueves, 8 de noviembre de 2007
El Árbol de la Vida y los subgéneros de la Ciencia Ficción
He publicado un artículo en TauZero, revista electrónica de ciencia ficción, que se titula "El Árbol de la Vida y los sub-géneros de la Ciencia Ficción", inspirado por el entusiasmo de fomentar la lectura de este género y de conocer un poco más de lo que se puede esconder en esta extraña dimensión paralela que parece estar al margen de la literatura.Pero esta dimensión existe y vive un momento muy importante en la actualidad nacional dado al esfuerzo de un grupo de escritores que ha publicado en los últimos años tales como Jorge Baradit, Francisca Solar entre otros varios que construyen una especie de renacimiento de la ciencia ficción. Tales señales se han manifestado con el Premio obtenido por Jorge en el UPC 2006 y en la exitosa acogida de la publicaciones y charlas en la última FILSA.
Entonces, ¿cómo no inspirarse cuando se vive un momento como este?
El artículo se puede leer aquí. Deja tu comentario.
Saludos a todos y larga vida a la Fantasía.
MTM
PD. En Octubre del 2008 se publica también en el Círculo Literario de Maipú.
lunes, 2 de abril de 2007
Teoría de la Felicidad
La Felicidad. Aquél bien tan preciado que uno busca y busca en la vida, como una meta, un objetivo que alcanzar, pero… ¿Qué es realmente la felicidad? ¿qué es lo que buscamos? Preguntas que se vienen haciendo desde la época de los filósofos griegos y cuyo estudio fue denominado Eudemonismo.El Eudemonismo es una de las corrientes de la ética el cual considera que el principal motivo de la conducta del hombre es el anhelo de felicidad. Esta felicidad puede ser personal (eudemonismo individualista) o colectiva (eudemonismo social). La ética eudemónica, por su sentido activo y por su humanismo, es diferente a la cristiana pues llama a alcanzar la felicidad en la tierra y no en el reino de los cielos. Sin embargo, el eudemonismo preconiza sus normas en calidad de reglas comunes a todos los hombres en una sociedad constituida por clases antagónicas, donde no hay una moral única ni puede haberla.
El concepto Eudemonismo viene del griego eudaimonía, que significa felicidad y Aristóteles fue quien dejó establecido que todos los hombres se proponen alcanzar la felicidad como el bien más final que pueda existir; aquello que es apetecible siempre por sí mismo y jamás por otra cosa.
La tesis de Aristóteles era que la felicidad consistía en la posesión de la sabiduría, por lo cual solo estaba al alcance de aquellos que tenían uso de la razón, que es la característica única de los hombres. La felicidad es la acción del alma en consorcio con el principio racional.
El filósofo reconoció algunas de las condiciones necesarias para la felicidad, entre ellas: las necesidades o condiciones económicas básicas y la libertad personal.
Hoy en día no podemos desligar los aspectos materiales a la felicidad, al igual que en los tiempos de Aristóteles, ya que no podemos concebir la felicidad en la pobreza material y económica (al menos para las necesidades básicas), así como también en una sociedad que no respeta los derechos mínimos de sus miembros tales como la libertad. Estos términos dejarían fuera a una cantidad importante de la comunidad en su posibilidad de conseguir la felicidad ya que la pobreza social es evidente y la libertad está limitada por una vida en comunidad.
De cualquier manera, no podríamos pensar que la felicidad nos puede llegar tan solo con el hecho de satisfacer las necesidades básicas o económicas ya que hay aspectos sociales que participan en el desarrollo de ésta, tales como los éxitos profesionales, emocionales, académicos, etcétera, o en el buen estado de la salud. De inmediato se me vienen a la mente el trío de palabras sostenidas desde mi niñez para el logro de la felicidad: “Salud, Dinero y Amor”.
También hay que tener presente las relaciones que se originan entre el tipo de felicidad (consumismo, hedonismo, permisividad) y las conexiones con las relaciones sociales (familia, amigos, medios de comunicación, profesión, etc.) que, casi siempre, hacen una imagen de tal tipo de felicidad y que extiende a los individuos que pertenecen a grupos sociales específicos. Es decir, el tipo de felicidad que pretendemos depende del tipo de sociedad en que vivimos y nos desarrollamos.
Podemos concluir entonces que no podemos concebir la felicidad en la pobreza y además es difícil creer en la felicidad aristotélica si existe discriminación, intolerancia y violencia en la sociedad. Ni podemos permitir que los conceptos de felicidad de algunos lo sean de infelicidad para otros.
Hay quienes sostienen que la felicidad es un mito y que realmente no existe como un estado permanente, sino momentáneo, es decir, “momentos felices”. Lo que el eudemonismo explica es que la felicidad es el grupo de condiciones que nos hacen sentirnos felices y son aquellas condiciones las que queremos buscar toda nuestra vida, unas veces con éxito y otras no.
Aquí es donde juega nuestro rol como miembros de la sociedad ya que solo de nosotros depende el tipo de felicidad que queremos obtener.
¿Qué es lo que nos hace sentirnos felices?.
jueves, 7 de diciembre de 2006
Cosa de Suerte
¿A quién no le ha pasado que, pese a todo el esfuerzo que uno pone para lograr algo, todo se eche a perder por azar?
Y por el contrario ¿A quién no le ha pasado que en algún momento la suerte nos brinda una oportunidad sin precedentes?
A veces para ganar y otras para perder. Tantos factores impredecibles que actúan sobre nuestras vidas y nuestras acciones nos hacen parecer que viajamos a la deriva en el desorden cósmico del universo.
Suerte, Azar y Casualidad son conceptos sumamente parecidos a excepción de la subjetividad con que se pueden usar estos términos.
Casualidad es una combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Azar por su parte se dice de una casualidad pero asociada a una desgracia y Suerte es la misma cadena de sucesos fortuitos pero mayormente favorables.
Da la impresión que el concepto de Casualidad es el término medio y objetivo de la Suerte y el Azar.
De esta manera podríamos pensar que la vida nos plantea una constante lotería en la cual nosotros somos uno más de los factores desconocidos que completan una cadena fortuita y cruel, tal como lo menciona Borges en su cuento “La Lotería de Babilonia” ( Ficciones ). O tal vez con una serie de sucesos aislados en donde nada está relacionado con nada y todo fluye por casualidad en un juego donde unos salen ganando y otros perdiendo. En pocas palabras: El Destino.
La Suerte (el Azar o la Casualidad) es la antítesis de una expectativa razonable. Se manifiesta ella misma de la forma más llamativa en situaciones contraindicadas, acontecimientos que son sorprendentes porque se oponen a todo tipo de previsión plausible. Algunos de los ejemplos fundamentales de sucesos que deberían sorprendernos son aquellos que están fuera de nuestro control y aquellos cuya eventualidad es inherentemente azarosa.
La suerte crece entre la probabilidad y la realidad, entre lo que se puede esperar razonablemente (lo que por lógica debería ocurrir) y lo que realmente ocurre. Cuando ambos coinciden, la suerte desaparece. Ahora, cuando la realidad está en desacuerdo con una expectativa razonable, entonces, la suerte, ya sea buena o mala, entra en escena.
De todas formas la casualidad es una combinación de circunstancias o una cadena de sucesos. Si vemos la base de este concepto tal vez podríamos cambiar el concepto de casualidad por el de causalidad, concepto más certero ya que un juego de causas y efectos iría relacionando los hechos de modo que la existencia sería una larga cadena donde cada eslabón tiene su sentido propio y de unión con el eslabón que le precede al igual con el que le sigue.
Es decir, no hay hechos casuales. Todo viene de algo y se dirige hacia alguna parte. La ciencia, inteligentemente, busca el “por qué” de los fenómenos que nos rodean. Hay explicaciones para muchos fenómenos de la naturaleza pero cuando uno se topa con el misterio, cuando faltan explicaciones parece fácil caer en la suerte o casualidad antes de conceder la presencia latente de una ley causal que aún no se desentraña.
Pero dónde está el límite de lo casual y lo causal. ¿Cómo adquirimos poder sobre el azar?
Según mi perspectiva la respuesta está en el conocimiento y el aprendizaje.
El reconocer las situaciones y cómo sacarles el debido provecho. El cómo soportar una jugarreta adversa o inesperada en la vida. A cómo sobreponerse y a cómo detectar los rayos de luz que de pronto se asoman alrededor.
Un acontecimiento feliz o infeliz puede ser un asunto de suerte desde el punto de vista del receptor, pero yo estoy convencido de que la mayoría de las cosas buenas que nos pasan son fruto de nuestra habilidad y esfuerzo, mientras que la mayor parte de lo malo que nos ocurre lo podemos achacar a nuestros defectos. En definitiva, somos mayormente responsables de los que nos pasa. Los casos excepcionales existen pero, como se dice, a la suerte hay que buscarla y mientras mejor nos preparemos en esta vida es más probable que nos vaya bien.
lunes, 4 de diciembre de 2006
Carpe Diem
La conocida frase en latín "Carpe diem" (aprovecha el día) consiste en una invitación a disfrutar del presente sin preocuparse del futuro.
La formulación "carpe diem" aparece por primera vez en Horacio:
"dum loquimur, fugerit invida aetas.
carpe diem, quam minimum credula postero."
Horacio, Odas, I, 11, 7-8
(Mientras hablamos, huye el envidioso tiempo.
Aprovecha el día, y no confíes lo más mínimo en el mañana)
La primera vez que oí esta frase fue en la aclamada película de Peter Weir "La Sociedad de los Poetas Muertos" y desde ese momento la hice mía. Una cita memorable de la película:
"El día de hoy no se volverá a repetir. Vive intensamente cada instante. Lo que no significa alocadamente, sino mimando cada situación, escuchando a cada compañero, intentando realizar cada sueño positivo, buscando el éxito del otro, examinándote de la asignatura fundamental: el Amor. Para que un día no lamentes haber malgastado egoístamente tu capacidad de amar y dar vida."
Nada más que hacer extensiva la invitación a mis eventuales lectores, ya que no hace nada de mal el replantearse en cómo disfrutamos cada uno con la vida y con los hechos que nos han tocado.
